
La miopía se ha convertido en una epidemia silenciosa. Actualmente, afecta a casi el 50% de los adultos jóvenes en Occidente y hasta al 90% en algunas regiones de Asia. Aunque siempre se ha culpado al uso excesivo de pantallas, una nueva investigación de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY), liderada por Urusha Maharjan, sugiere un cambio de paradigma.
El estudio indica que el verdadero culpable no sería el monitor en sí, sino una combinación de hábitos visuales y deficiencia lumínica. Al realizar actividades de visión cercana en interiores (como leer o usar el móvil), nuestros ojos operan bajo niveles de iluminación significativamente inferiores a los del sol.
Esta luz tenue de interiores limita la cantidad de estímulos que recibe la retina en comparación con un día despejado al aire libre. La falta de exposición a la luz natural intensa, sumada al esfuerzo constante de enfocar objetos cercanos, parece ser el detonante ambiental que acelera el crecimiento del globo ocular, provocando la dificultad para ver de lejos.
En definitiva, el problema no es solo lo que miramos, sino dónde y bajo qué luz lo hacemos.