
En el campus de la Universidad de Wageningen, protegidas por una gran estructura de vidrio, crecen cientos de plantas de tomate bajo un sistema que no es un invernadero común. Cada variable, desde el nivel de gases hasta el color de la luz LED, es monitoreada por sensores que envían información a computadoras equipadas con algoritmos de inteligencia artificial. El resultado es una producción hasta cinco veces mayor que la de un invernadero de baja tecnología en América Latina.
Esta constante innovación ha permitido a los Países Bajos consolidarse como el tercer exportador mundial de alimentos en valor monetario, a pesar de tener un territorio pequeño. El sistema neerlandés destaca por su “ecosistema” de colaboración entre la academia y empresas derivadas, facilitando que la investigación científica llegue directo a los agricultores.


Actualmente, el principal desafío del sector es la transición energética, dado que la horticultura consume el 10% del gas nacional y el gobierno exige fuentes renovables para 2050. Expertos señalan que estas tecnologías no se pueden “copiar y pegar” en regiones como América Latina; sin embargo, su adaptación inteligente ofrece un camino para producir más en áreas reducidas y proteger los cultivos ante el cambio climático.
