
El hábito común de recalentar el café frío altera significativamente su composición química, convirtiendo una bebida placentera en un factor de riesgo para la salud estomacal. Según expertos en nutrición, al someter el café nuevamente al calor, el ácido clorogénico original se descompone y se transforma en ácido quínico y ácido cafeico. En altas concentraciones, estos compuestos irritan la mucosa gástrica, provocando acidez, ardor o reflujo.
Esta transformación térmica provoca que el pH de la bebida descienda, volviéndola mucho más ácida y rancia. Además, el café pierde sus antioxidantes naturales y adquiere un desagradable sabor amargo debido a la oxidación acelerada de sus aceites esenciales. Los especialistas señalan que el límite ideal para consumir la bebida sin alterar sus componentes es de unos treinta minutos a un par de horas tras su preparación.
La sensibilidad individual también juega un papel clave, pues quienes padecen de gastritis crónica o reflujo gastroesofágico son especialmente vulnerables al ácido cafeico resultante. Por otra parte, el verdadero peligro bacteriológico ocurre si el café reposado se almacena en ambientes húmedos o mal tapados, condiciones que propician la rápida aparición de moho altamente nocivo para el organismo.