
Diversas investigaciones de salud pública confirman que las mujeres presentan índices sustancialmente más altos de depresión, ansiedad y estrés crónico. Aunque existen factores biológicos implicados, los especialistas destacan que determinantes sociales como la brecha salarial, la sobrecarga del trabajo de cuidados y las distintas formas de violencia de género actúan como los principales detonantes de este deterioro psicológico.
El sistema de salud actual enfrenta severas limitaciones estructurales para responder a este panorama. Ante la saturación en la sanidad pública, donde las citas psicológicas demoran meses, se ha consolidado una preocupante medicalización de la desigualdad. El uso masivo de ansiolíticos y antidepresivos suele reemplazar la psicoterapia, patologizando de forma individual lo que en realidad son respuestas lógicas al agotamiento social y al desgaste laboral y doméstico.
Frente a esta crisis, expertos exigen transformar el modelo de atención hacia un enfoque comunitario con perspectiva de género. Es indispensable garantizar un acceso equitativo a terapias psicológicas profundas para reducir la dependencia farmacológica y abordar las causas de raíz que afectan el bienestar femenino.