Este 16 de enero se cumplen 34 años desde aquel 1992, cuando en el Castillo de Chapultepec, México, el Gobierno de El Salvador y la guerrilla del FMLN firmaron los Acuerdos de Paz. Este evento puso fin a 12 años de una cruenta guerra civil que dejó más de 75,000 muertos y una nación en ruinas.

En el corto plazo, los beneficios fueron tangibles: el cese al fuego bilateral, la desmovilización de las fuerzas guerrilleras y la creación de nuevas instituciones como la Policía Nacional Civil (PNC) y la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. Se abrieron espacios democráticos y el FMLN se transformó en un partido político legal.
Sin embargo, para la mayoría de los salvadoreños, la «paz» fue incompleta. Si bien callaron los fusiles del conflicto ideológico, el país se sumergió en una espiral de violencia aún más aterradora: el control territorial de las pandillas. Durante décadas, la población vivió bajo el terror de la extorsión y el asesinato, mientras los índices de pobreza y migración no mejoraban.

Con el paso de los años, la sociedad salvadoreña comenzó a ver la firma de la paz como un «pacto de élites». La percepción generalizada es que los únicos beneficiarios reales fueron los partidos ARENA y FMLN, quienes se alternaron en el poder durante 30 años, mientras las bases que combatieron en la guerra seguían en el olvido. La corrupción y la falta de soluciones a la inseguridad provocaron un profundo desprecio hacia la fecha, que pasó de ser una celebración nacional a ser vista como el inicio de una era de impunidad delincuencial.
El Gobierno del Presidente Nayib Bukele ha sido enfático en su postura: ha calificado estos acuerdos como una «farsa». Para la actual administración, los firmantes pactaron beneficios políticos para sus dirigencias a costa de la sangre del pueblo, permitiendo que las pandillas se fortalecieran y desangraran al país.

La poblacion en general reconoce que la verdadera paz no se alcanzó en 1992, sino que se está logrando ahora con la desarticulación total de las estructuras criminales. Según esta visión, la libertad real llegó cuando los salvadoreños pudieron caminar por sus colonias sin miedo, un logro que el Gobierno atribuye a su estrategia de seguridad y no a los documentos firmados hace tres décadas.