
El 29 de diciembre de 2013 quedó marcado en la memoria de los salvadoreños como el día en que el gigante de oriente despertó. Eran las 10:30 a.m. de un domingo que transcurría con la calma propia de las vísperas de fin de año, hasta que un zumbido ensordecedor, similar al de potentes turbinas de avión, rompió el silencio en las faldas del volcán Chaparrastique.
El coloso, que no registraba actividad significativa desde 1976, puso fin a su letargo con una explosión masiva de gases y cenizas que se elevó 5 kilómetros hacia el cielo. El pánico fue inmediato: en las fincas de café, los cortadores abandonaron sus canastos y la cosecha del día para buscar refugio, mientras una densa nube gris comenzaba a cubrir el paisaje.

La emergencia obligó a la evacuación urgente de los cantones El Niño, El Ciprés, Las Placitas y San Jorge. La magnitud del evento fue tal que la ceniza viajó 140 kilómetros, alcanzando municipios de Usulután y San Vicente, e incluso cubriendo vehículos en San Salvador.
Aquel fue un fin de año atípico; cientos de familias migueleñas recibieron el año nuevo en albergues. Hoy, recordamos este suceso no solo como un desastre natural, sino como un recordatorio del poder de uno de los seis volcanes más activos del país, el cual ha registrado 26 erupciones en los últimos tres siglos, recordándonos siempre la importancia de la prevención y el respeto a la naturaleza.