
Tras un año crítico con más de 2,400 contagios, Estados Unidos se encuentra en una encrucijada sanitaria. El país está a punto de perder el estatus de “libre de sarampión”, un logro histórico alcanzado en el año 2000 que hoy se ve amenazado por brotes persistentes en Texas, Carolina del Sur, Utah y Arizona.
Ralph Abraham, subdirector de los CDC, ha minimizado el riesgo, calificándolo como el “costo de hacer negocios” en un mundo globalizado y defendiendo la “libertad personal” de no vacunar. Sin embargo, los datos contradicen la narrativa oficial: el 90% de los casos actuales se originaron localmente, no por viajes internacionales.

La gestión ha sido duramente criticada por expertos como el Dr. Paul Offit y Jennifer Nuzzo, quienes señalan tres puntos de alarma:
- Desinformación oficial: El secretario del HHS, Robert F. Kennedy Jr., continúa difundiendo teorías desmentidas sobre el vínculo entre vacunas y autismo.
- Exenciones récord: Aproximadamente 138,000 niños no fueron vacunados en el último ciclo escolar debido a la flexibilización de requisitos.
- Tecnicismos genéticos: Los CDC analizan si la cepa D8-9171 circuló de forma continua por un año. De confirmarse la conexión entre estados, la OPS retiraría formalmente el estatus al país.
Mientras la administración Trump se enfoca en el análisis genómico para evitar la degradación oficial, los especialistas advierten que perder este estatus no es un simple trámite: implica que una enfermedad mortal y prevenible ha vuelto a ser endémica.