
Las autoridades indias han intensificado sus operaciones de seguridad tras el devastador atentado con coche bomba perpetrado el lunes cerca del icónico Fuerte Rojo, en el corazón histórico de la capital. La explosión, que se investiga como un ataque terrorista suicida, dejó al menos 12 muertos y más de 30 heridos, marcando el incidente más grave en Delhi en más de una década.
El suceso ocurrió alrededor de las 18:42 hora local, cuando un Hyundai i20 cargado con explosivos se detuvo en un semáforo y detonó, esparciendo restos humanos y fragmentos metálicos en un radio de 25 metros. El incendio resultante dañó seis vehículos y tres mototaxis, desatando pánico en la zona turística. El primer ministro Narendra Modi condenó el acto como “cobarde” y prometió no perdonar a los culpables, mientras el ministro del Interior, Amit Shah, ordenó una “persecución implacable”.
La investigación, liderada por la Agencia Nacional de Investigación (NIA), apunta a vínculos con grupos terroristas como Jaish-e-Mohammed, con base en Pakistán. El presunto autor, el médico cachemiro Umar Un Nabi Mohammed, de 34 años, se habría inmolado en represalia por la detención de dos cómplices, Adeel Ahmad Rather y Muzammil Shakeel. Su madre y hermano fueron arrestados en Pulwama para extracción de ADN y cotejo con restos en la escena.

En un golpe simultáneo, horas antes del atentado, la policía desmanteló una célula armada en Cachemira: siete sospechosos, incluidos dos médicos, fueron detenidos en Faridabad (Haryana), con incautación de armas y explosivos. Operaciones posteriores en Srinagar y otras áreas de la región disputada han sumado más de 600 arrestos preventivos, según fuentes oficiales, en redadas masivas contra redes logísticas y simpatizantes radicales. Estas acciones, bajo la Ley de Prevención de Actividades Ilegales, buscan desarticular células durmientes vinculadas a la insurgencia cachemira.
La alerta máxima se extiende a Mumbai y otras ciudades, con embajadas como la de EE.UU. recomendando evitar multitudes. Este episodio revive temores de escalada en la tensa frontera indo-pakistaní, tras ataques aéreos indios en la primavera. Analistas advierten que, aunque el cierre de la red fue un éxito, el atentado expone vulnerabilidades en la inteligencia urbana. India enfrenta ahora el desafío de equilibrar seguridad y derechos civiles en su lucha contra el extremismo.