
La zona de San Miguel Oeste se convirtió este Viernes Santo en un escenario de profunda espiritualidad y recogimiento, donde los habitantes de sus seis distritos se unieron para conmemorar la pasión y muerte de Jesucristo. A través de viacrucis, procesiones y actos litúrgicos, la feligresía católica demostró que las tradiciones religiosas siguen siendo el pilar que une a las familias de la región.
En el Distrito de Chinameca, la solemne procesión de Viernes Santo llenó las calles de un ambiente de fe y respeto. Familias enteras acompañaron el recorrido, recordando el sacrificio del Señor en una jornada marcada por el silencio y el amor, invitando a la comunidad a renovar su esperanza.
Por su parte, el Distrito de Nueva Guadalupe vivió un multitudinario Santo Viacrucis. Los fieles recorrieron las principales vías del municipio meditando en cada una de las 14 estaciones, fortaleciendo su espíritu en un acto que promueve los valores cristianos de la reflexión y la entrega.







De igual manera, en los distritos de San Rafael Oriente y San Jorge, el camino hacia la cruz fue un llamado a la solidaridad y al amor al prójimo. En San Jorge, la comunidad destacó especialmente la labor de quienes elaboraron el anda procesional y adornaron las estaciones con esmero y creatividad, permitiendo que niños, jóvenes y ancianos caminaran juntos como testimonio de una iglesia viva que ora fervientemente por la paz del mundo.
En el Distrito de Lolotique, la actividad inició desde la Parroquia Santísima Trinidad con una misa vespertina centrada en el mandamiento del amor. Al caer la noche, el respeto y el silencio se apoderaron del municipio durante la Procesión del Silencio, un momento sagrado para meditar en el sacrificio infinito de Jesús.
Finalmente, en el Distrito de San Jorge, la jornada cerró con una muestra de gratitud hacia todos los voluntarios que hicieron posible la logística del evento, reafirmando que el trabajo comunitario y la fe van de la mano. San Miguel Oeste despide así el Viernes Santo, preparándose con el corazón dispuesto para recibir la luz de la resurrección.






